Este mes de abril tiene un par de tragedias humanas que no debemos dejar pasar al olvido: el 2 de abril, los estudiantes de la universidad de Garissa se despertaron al aterrador ritmo regular de los disparos de fusil; como pudieron, salieron a correr por el campus y los más lograron huir del lugar con angustia en los huesos pero con las carnes intactas. 147 de entre ellos no lograrían la hazaña y caerían bajo las balas de, al menos, cuatro extremistas pertenecientes al grupo de desquiciados, llamado al-Shabab. Hoy hace un año y un día, 276 niñas eran sacadas de sus aulas, de su escuela, para ser montadas en camiones y llevadas a quién sabe qué rincón de la selva, para ser vendidas, esclavizadas y violadas hasta que su alma no pueda más guardar como receptáculo el putrefacto manojo de carnes que es su cuerpo, corrompido y maltratado por la demencia colectiva que sufren los hombres del grupo Boko Haram.