Y hoy me duele la infancia, me debato entre las maneras de llorar, ¿debería irme a encerrar a mi barril personal o recostarme contra un muro y chillar escandalosamente sobre mi propio brazo? Tal vez sobarme el trasero y acusar al mundo de haberme agredido con un golpe, un cuchillo, una pistola y una guerra nuclear sea más apropiado. La duda me hace sonreír, cualquiera de estas opciones es ridícula e inevitablemente graciosa.1 Vaya logro el de Gómez Bolaños, la mismísima expresión del dolor es objeto de risas, sutil y poderoso al mismo tiempo, elemento endulzador de la existencia.