Y comienza la fiesta más
grande del planeta, los equipos están listos, los hinchas cantan y
bailan, la pelota esta inquieta y los corazones ávidos de emociones.
Brasil revive un mundial en tierras americanas cosa que según la
historia debería dejar un campeón del continente. Pero hay algo en
el aire, huele a humo, a gases lacrimógenos, hay una sensación
agridulce en cada grito, el corazón pesa y el fútbol duele.
Hay un despertar, un desagrado, un malestar. La gente no entiende como una inversión exagerada en un evento como este va traer beneficios y progreso a un país con un alto indice de analfabetismo y miseria. ¿Y como no darles la razón? La mayoría juegan al fútbol en canchas de tierra con metas en madera o en lata o simplemente arcos hechos con dos piedras, sacos, arboles o cualquier cosa que pueda demarcar un principio y un fin. En esas canchas que, más se acercan a potreros que a canchas, vieron nacer a la casi totalidad de sus ídolos, no les hacían falta ni guayos costosos ni contratos exorbitantes para gozar jugando al juego de la pelota. Se divertían sacándose a la mitad de los adversarios e inventando chalacas y gambetas imposibles. Se jugaba por jugar no más. Pero algo pasó.
De repente ningún jugador
medianamente bueno se quedaba en el país, rápidamente partían
hacia Europa a disfrutar de grandes contratos y reventarse en un
fútbol de extrema exigencia, donde lo que importa es ganar, no
divertirse, donde tus piernas valen millones en tanto hagan goles, a
nadie le interesan tus gambetas ni tus fantasías. De repente lo
humano se vendía y se exportaba y lo divertido se tecnificaba y se
estructuraba. De ese fútbol que juegan los cebollitas, de ese que
palpita el obrero, queda muy poco. Se prostituyó el deporte, la
victoria pertenece al mejor postor, la gloria se expresa en euros y
la organización corrupta mas grande del planeta, la FIFA, maneja los
hilos a su antojo.
Pero este año el problema
reboso la copa. La porquería consumista que se hizo dueña del
fútbol impone ahora su ley a países enteros, exigiendo inversiones
groseras y construcciones mesiánicas en tiempo récord que solo se
logran con la sangre de quienes las construyen. Debe el país
anfitrión desangrar el erario publico, someterse a cambios brutales
y sonreír, sobre todo sonreír, bajo la amenaza de que la fiesta se
cambie de casa. Los supuestos enormes beneficios partirán en su
mayoría de vuelta a los bolsillos de los buitres que dirigen la FIFA
y más se verá beneficiado ADIDAS o las diferentes cadenas televisivas
que los habitantes del Brasil.
Quizás en el futuro se
debería exigir al país anfitrión solo lo que pueda dar, no se
necesitan estadios en oro, no se necesitan fastuosas bienvenidas, no
se necesita sacar provecho económico de cada cosa. Tal vez si todos
nos enojamos un poco podemos volver a ese fútbol de alegría y magia
y en la misma oportunidad le quitaremos terreno a esa alienante
fuerza consumista que nos cambia los besos por aplicaciones, los
abrazos por redes sociales, las emociones por programas de tv y los
goles por derechos de transmisión. Se me ocurre que se puede
comenzar una campaña simbólica, quizás con un hashtag para
compartir, algo como #jugar por gozar o #play for fun o algo por el
estilo. Recuperemos la humanidad del deporte en todas sus facetas,
quizás la pura inercia nos lleve a cosas insospechadas.
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