samedi 20 septembre 2014

Fútbol podrido

Y comienza la fiesta más grande del planeta, los equipos están listos, los hinchas cantan y bailan, la pelota esta inquieta y los corazones ávidos de emociones. Brasil revive un mundial en tierras americanas cosa que según la historia debería dejar un campeón del continente. Pero hay algo en el aire, huele a humo, a gases lacrimógenos, hay una sensación agridulce en cada grito, el corazón pesa y el fútbol duele.

Hay un despertar, un desagrado, un malestar. La gente no entiende como una inversión exagerada en un evento como este va traer beneficios y progreso a un país con un alto indice de analfabetismo y miseria. ¿Y como no darles la razón? La mayoría juegan al fútbol en canchas de tierra con metas en madera o en lata o simplemente arcos hechos con dos piedras, sacos, arboles o cualquier cosa que pueda demarcar un principio y un fin. En esas canchas que, más se acercan a potreros que a canchas, vieron nacer a la casi totalidad de sus ídolos, no les hacían falta ni guayos costosos ni contratos exorbitantes para gozar jugando al juego de la pelota. Se divertían sacándose a la mitad de los adversarios e inventando chalacas y gambetas imposibles. Se jugaba por jugar no más. Pero algo pasó.

De repente ningún jugador medianamente bueno se quedaba en el país, rápidamente partían hacia Europa a disfrutar de grandes contratos y reventarse en un fútbol de extrema exigencia, donde lo que importa es ganar, no divertirse, donde tus piernas valen millones en tanto hagan goles, a nadie le interesan tus gambetas ni tus fantasías. De repente lo humano se vendía y se exportaba y lo divertido se tecnificaba y se estructuraba. De ese fútbol que juegan los cebollitas, de ese que palpita el obrero, queda muy poco. Se prostituyó el deporte, la victoria pertenece al mejor postor, la gloria se expresa en euros y la organización corrupta mas grande del planeta, la FIFA, maneja los hilos a su antojo.

Pero este año el problema reboso la copa. La porquería consumista que se hizo dueña del fútbol impone ahora su ley a países enteros, exigiendo inversiones groseras y construcciones mesiánicas en tiempo récord que solo se logran con la sangre de quienes las construyen. Debe el país anfitrión desangrar el erario publico, someterse a cambios brutales y sonreír, sobre todo sonreír, bajo la amenaza de que la fiesta se cambie de casa. Los supuestos enormes beneficios partirán en su mayoría de vuelta a los bolsillos de los buitres que dirigen la FIFA y más se verá beneficiado ADIDAS o las diferentes cadenas televisivas que los habitantes del Brasil.

Quizás en el futuro se debería exigir al país anfitrión solo lo que pueda dar, no se necesitan estadios en oro, no se necesitan fastuosas bienvenidas, no se necesita sacar provecho económico de cada cosa. Tal vez si todos nos enojamos un poco podemos volver a ese fútbol de alegría y magia y en la misma oportunidad le quitaremos terreno a esa alienante fuerza consumista que nos cambia los besos por aplicaciones, los abrazos por redes sociales, las emociones por programas de tv y los goles por derechos de transmisión. Se me ocurre que se puede comenzar una campaña simbólica, quizás con un hashtag para compartir, algo como #jugar por gozar o #play for fun o algo por el estilo. Recuperemos la humanidad del deporte en todas sus facetas, quizás la pura inercia nos lleve a cosas insospechadas.

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