samedi 20 septembre 2014

Muerte en francés

El otro día estaba en clase de francés y me aburría soberanamente. Me salió esto.   

La sensación de tener parpados de plomo, un cuerpo tan adormitado que por momentos hay que suspirar para estar seguro de no estar muerto. Los músculos del cuello fallando uno a uno, el temible cabeceo, imposible de disimular, que aparece y un reloj que se diría tiene una sonrisita burlona que se confirma cada vez que le miras con la certeza de que el segundero retrocedió dos espacios. Camus, Nietzsche, Aristóteles, el lenguaje, la tragedia… Palabras sueltas de un discurso que parece ser pronunciado por una voz grave y lejana, como de caverna. Así debe sentirse un pescado en su pecera oyendo un tierno discurso lleno de pequeños piropos a través del cristal, palabras que ni entiende ni le importan. Ninguna de ellas lo liberará de su prisión transparente tan seguramente como que el contenido extremadamente culto de este discurso no me sacará a mí de este letargo casi fatal. El medio frío medio calor del otoño tampoco colabora, el silencio que más que respetuoso es desolador y sobre todo síntoma del desdoblamiento general del grupo, es casi una estocada final. El personaje del cual parece venir todo este mensaje, extraña pero terriblemente arrullador, despierta una suerte de gracia que rápidamente evoluciona hacia la absoluta indiferencia. Un metro sesenta por mucho, una evidente falta del sentido de la moda y la fuerte impresión de que el conjunto es resultado directo del hipismo que domino su adolescencia o por lo menos de la desafortunada imitación del mismo. Un corte de cabello que denota la auto-convicción de fealdad y un estrabismo que plantea la incomoda pregunta de cual ojo es el bueno y en consecuencia cual me mira, o peor, ambos me miran y no importa lo que haga, no puedo salir de su campo de visión.

Once menos quince, la pausa de la hora se convierte en la posibilidad de un anhelado escape, el movimiento furtivo, sacar la cabeza del agua desesperadamente en busca de el oxigeno salvador. Tic-tac, tic-tac… El hijo de puta de ascendencia suiza se ríe de mí. Se formula otra pregunta que no encuentra respuesta entre los entes perdidos que miran el tablero o al menos pretenden hacerlo, la locutora o no se entera o ignora el ambiente inanimado que le rodea. Once menos diez, hay un susurro, un pequeño brote de vida, los demás también han visto el reloj, hay una excitación creciente en los rangos. Once menos cinco, el discurso empieza a morir o por lo menos a disimularse bajo el sonido de los murmullos sobre excitados, el ruido de los paquete plásticos de galletitas y demás, el tintineo metálico de las monedas para el café. Es inminente la liberación, la profesora mira el reloj, los estudiantes respiran profundo con gran expectación, una gota de sudor frío me recorre la espina, los pelos se me erizan ¡es insoportable! Once en punto………..

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