El otro día estaba en clase de francés y me aburría soberanamente. Me salió esto.
La sensación de
tener parpados de plomo, un cuerpo tan adormitado que por momentos
hay que suspirar para estar seguro de no estar muerto. Los músculos
del cuello fallando uno a uno, el temible cabeceo, imposible de
disimular, que aparece y un reloj que se diría tiene una sonrisita
burlona que se confirma cada vez que le miras con la certeza de que
el segundero retrocedió dos espacios. Camus, Nietzsche, Aristóteles,
el lenguaje, la tragedia… Palabras sueltas de un discurso que
parece ser pronunciado por una voz grave y lejana, como de caverna.
Así debe sentirse un pescado en su pecera oyendo un tierno discurso
lleno de pequeños piropos a través del cristal, palabras que ni
entiende ni le importan. Ninguna de ellas lo liberará de su prisión
transparente tan seguramente como que el contenido extremadamente
culto de este discurso no me sacará a mí de este letargo casi fatal.
El medio frío medio calor del otoño tampoco colabora, el silencio
que más que respetuoso es desolador y sobre todo síntoma del
desdoblamiento general del grupo, es casi una estocada final. El
personaje del cual parece venir todo este mensaje, extraña pero
terriblemente arrullador, despierta una suerte de gracia que
rápidamente evoluciona hacia la absoluta indiferencia. Un metro
sesenta por mucho, una evidente falta del sentido de la moda y la
fuerte impresión de que el conjunto es resultado directo del hipismo
que domino su adolescencia o por lo menos de la desafortunada
imitación del mismo. Un corte de cabello que denota la
auto-convicción de fealdad y un estrabismo que plantea la incomoda
pregunta de cual ojo es el bueno y en consecuencia cual me mira, o
peor, ambos me miran y no importa lo que haga, no puedo salir de su
campo de visión.
Once
menos quince, la pausa de la hora se convierte en la posibilidad de
un anhelado escape, el movimiento furtivo, sacar la cabeza del agua
desesperadamente en busca de el oxigeno salvador. Tic-tac, tic-tac…
El hijo de puta de ascendencia suiza se ríe de mí. Se formula otra
pregunta que no encuentra respuesta entre los entes perdidos que
miran el tablero o al menos pretenden hacerlo, la locutora o no se
entera o ignora el ambiente inanimado que le rodea. Once menos diez,
hay un susurro, un pequeño brote de vida, los demás también han
visto el reloj, hay una excitación creciente en los rangos. Once
menos cinco, el discurso empieza a morir o por lo menos a disimularse
bajo el sonido de los murmullos sobre excitados, el ruido de los
paquete plásticos de galletitas y demás, el tintineo metálico de
las monedas para el café. Es inminente la liberación, la profesora
mira el reloj, los estudiantes respiran profundo con gran
expectación, una gota de sudor frío me recorre la espina, los pelos
se me erizan ¡es insoportable! Once en punto………..
¿Te gustó? Compártelo en redes sociales o dale "recomendar" (el pequeño botón de Google+ al final del texto) Gracias.
¿Te gustó? Compártelo en redes sociales o dale "recomendar" (el pequeño botón de Google+ al final del texto) Gracias.
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire