Dejo mi facultad de lenguas extranjeras y tomo el camino de la biblioteca que dobla a la derecha, pasa por la cafetería de la facultad y atraviesa el hall del edificio Tertre, allí donde hace siete años (parece una vida) empecé la aventura de aprender francés en Francia. Todavía se ven los grupos de extranjeros frente a las máquinas de café, parece que el programa sigue funcionando bien. Chinos, Gringos, Latinos, Africanos, etc. El primer año en estas tierras siempre es muy pintoresco, luego se despercude algo pero, bah, “c'est la vie”. Saliendo del edificio veo el Pôle étudiant y recuerdo, con cierta nostalgia y cariño, las fiestas estudiantiles de las que alguna vez hicimos parte. Es curioso como se ha vuelto uno viejo, recorriendo el mismo lugar, y sin embargo sigue uno tan joven, como si en lugar de tiempo, se cambiara de planos. Pero no, es tiempo en definitiva. Esas fiesticas ya no me las aguanto, o maduré o me amargué, o a lo mejor ambas.
Un poco más adelante, se puede ver, justo al otro lado de la calle, el edificio de la Censive donde están los de sociología, lenguas modernas, filosofía y demás. No pasa un semestre en que no cuelguen de sus flancos, grandes pancartas convocando a asambleas generales para discutir peleas y luchas que, más que necesarias, se me antojan caprichosas, pero ese soy yo. Este edificio sufre también de un exceso (o de una falta, depende como se le mire) de creatividad. El arquitecto que lo construyó quiso darle una forma de barco. Es, en definitiva, una construcción particular pero no sé si “barco” sea la palabra que se me viene a la mente, parece más bien un iceberg petrificado, víctima de alguno de los calentamientos globales de la historia terrestre, aunque pensándolo bien, un iceberg flota y viaja, así que la ilusión no cae tan lejos.
Un poco más allá, me encuentro con el TU (Teatro Universitario) y el RU (Restaurante Universitario). El primero, simplemente esta allí, porque la verdad no le he visitado sino un par de veces, el segundo, me recuerda mis días de plonge. ¿Ya intentó adivinar de qué se trata? Pues no es eso, faire la plonge es lavar los platos, muchos platos, más de dos mil al día que, además, venían acompañados de su vasito, cubiertos, el plato del postre, el de la ensalada y todos los desechos del escogido menú del día. No es un camello 1 para asquientos ni para lerdos, en realidad es solo para estudiantes vaciados que bailan por la plata y se mueven con la agilidad de su juventud. Qué jodido está el mundo, “c'est la vie”. En frente del restaurante, está la estación del tranvía, el transporte común nantés, y, un poco más allá, la estación de bicicletas públicas, Bicloo, de las mejores ideas que han podido tener en estas latitudes.
Al tomar mi cicla e intentar secar, sin resultado satisfactorio, el sillín (putain de crachin Breton), levanto la mirada y veo, a la distancia, el parque facultés, que es como llamarle universitario, y adivino detrás, el hipódromo donde, una vez al mes, vienen los carros y los caballos a embarrarse; una vez al año, violan a alguien en los alrededores; y muchas veces, durante el fin de semana, pasan los estudiantes, embrutecidos por el alcohol, en busca de sus camas que les esperan en las residencias estudiantiles erigidas en lo alto de la colina. Por ahí pasaba yo, a altas horas de la madrugada, etílicamente ciego, muy orgulloso de mi lamentable estado, planeando, desde ya, la fiesta del día siguiente y riendo estúpidamente de las malas decisiones que me devolvieron a casa solo y no con aquella musa de tetas perfectas, o con esa otra cuyo trasero parecían dos duraznos abrazándose. Qué ser desagradable era por entonces, “c'était la vie”.
Mais ça, c'etait avant. El ahora estudiante consagrado, de futuro incierto, baja velozmente la colina en su caballito de hierro y deja atrás la pista de hielo que nunca se ha atrevido a visitar (jamás aprendí a patinar, ¡qué trauma!) por miedo a la más pura forma de ridículo; la piscina que visita muy poco, ya que las directivas obligan a vestir el más minúsculo de los vestidos de baño por miedo a las pantalonetas playeras y su arena, sumiendo al usuario no europeo en un estado de vergüenza infinita; el SIUO que viene siendo el servicio gratuito de salud para estudiantes (qué buena idea), y llega con dificultad a lo alto de la colina (qué bueno que dejé de fumar) donde las facultades de ciencias humanas comparten parada de tranvía con un colegio católico de pijos 2 burgueses y un colegio técnico de chicos de muy mala pinta. Las tres opciones de vida modernas reunidas en una cuadra, los que van a mandar, los que van a servir a los primeros y los que van a intentar hacer avanzar a unos y otros siendo despreciados por ambos, “c'est la vie”.
Aquí, la calle gira a la izquierda y comienza una bajada, lo más de sabrosa, que culmina en el puente de la Motte Rouge. En lo bajo de la colina me encuentro con el Erdre, uno de los cinco ríos que atraviesan Nantes y que van a desembocar al Loira, arteria central de la ciudad, y uno de los ríos más importantes del país en cuanto a longitud. Siguiendo mi camino, veo, a mi izquierda, la Isla de Versalles donde se puede encontrar un jardín japonés, un restaurante al que nunca he ido, algunas lanchas eléctricas para pasear durante el verano y un inacabable flujo de parejas impúberes en busca de cualquier rincón para flagelar con escenas dulzonas, a cualquier pobre infeliz que pase por allí sufriendo de soltería. Yo nunca he podido imitarles, no por falta de novia sino porque estoy convencido de que, por los matorrales, deben haber grupos de pervertidos prestos a jalarse la tripa 3 a la vista de esta chica, de aquel tipo, del caldo de feromonas que son ambos, o peor, excitados por los rabos parados de los perros orgullosos que por allí pasean. Pero quizás soy paranoico... En todo caso, los laguitos con caminitos de troncos y el museo fluvial son muy simpáticos. En este último, hay una colección de peces de río muy interesante, no porque sean extraordinarios sino exactamente por lo contrario, son tan comunes que uno se pregunta si hacía falta dedicarles un acuario, y en realidad sí, porque igual, uno no los conoce. Aquí piensan en todo.
Al cabo de cuarenta y ocho pedaleadas llego al Cours des 50 Otages, que viene siendo un paseo arbolado por donde pasa la línea dos del tranvía, y una calle de tres carriles, los dos exteriores para buses de transporte y vehículos autorizados (residentes de la zona, camiones de comida, etc.) y el del centro es de uso exclusivo de bicicletas, espectacular idea que hicieron realidad hace unos dos años. De aquí en adelante, el sector está peatonalizado pero eso no es lo más llamativo, todo este paseo era en realidad el río Erdre. En 1937, la municipalidad decide secar y rellenar este brazo del río y, hacía 1990, se construye la línea del tranvía. El río se desvía hoy en día, a través de un túnel subterráneo navegable (el canal Saint Félix) que viene a desembocar en el Loira, más de un kilómetro abajo. Se llama paseo de los cincuenta rehenes (50 Otages) porque en 1941, la resistencia comunista asesinó al Feldkommandant Karl Hotz, responsable de las tropas de ocupación alemana en la zona. En represalia, las tropas nazis tomaron a cien prisioneros, entre comunistas y miembros de la resistencia, y amenazaron con fusilarlos si los responsables no eran entregados. El 22 de octubre cumplirían su palabra fusilando a cuarenta y ocho personas en Châteaubriant. Los demás serían indultados con el tiempo. En el extremo norte del paseo, se puede ver hoy, un monumento a estos cuarenta y ocho mártires, una gran flecha compuesta de cuatro agujas de metal, con dos mujeres en bronce a cada lado. La de la izquierda representa la resistencia, con una espada disimulada bajo el vestido, y la de la derecha, a la Francia que renace después del horror. Desde el mismo punto, se alcanza a adivinar el monumento a los soldados nanteses caídos en guerra, en todas las guerras, justo encima del canal Saint Félix. Testigos de cuando el mundo se desquició una y otra vez. “Ce fut la vie”.
El Colombiano de neurosis explosiva, pasa por los lados de la Tour de Bretagne (Torre de Bretaña) buscando parqueo para su cicla. Descubre que no hay espacios libres y maldice en inglés por costumbre. Mira la jodida torre y entiende porque ese rascacielos fue la mejor manera de convencer a los arquitectos de no construir más rascacielos en esta ciudad, vaya abominación. Pasando Commerce, el punto más neurálgico de Nantes, encuentra lugar para su ecológico medio de transporte, a dos pasos de la casa que vio nacer a Julio Verne. Mirando hacia el noreste, divisa las cúpulas de la catedral Saint-Pierre-et-Saint-Paul, allí presentes desde 1434. Dentro, está el mausoleo de Francisco II de Bretaña y Margarita de Foix, padres de la renombrada Ana de Bretaña. Durante siglos estuvo también allí, el corazón de la misma Ana, sí, el corazón. Resulta que en la dinastía de los Capetos, a la cual pertenecía Ana de Bretaña y todos los reyes franceses desde 987 hasta 1328, privilegiaba la dilaceratio corporis, que divide los despojos mortales entre corazón, entrañas y huesos. Más claro, gustaban de masacrar desagradablemente los cadáveres de sus notables para multiplicar las tumbas y las ceremonias. Bastante grotesco pero, qué más da, el corazón está dentro de una pelota de oro, preciosa y nunca vista por el pobre Colombiano puesto que fue trasladada al museo Dobrée en Nantes el cual lleva años siendo remodelado, qué caraduras. 4
Recuerdo que un día me encontré con que, en la parte superior de uno de los arcos de entrada de la catedral, había un balón de basketball atorado entre los altos relieves. Me pareció una imagen surrealista, primero, porque el basketball no es uno de los deportes más populares por aquí, y segundo, porque me tuve que hacer la pregunta obvia: ¿quién diablos se puso en el trabajo de arrojar un balón de basket, cuatro metros al aire sobre la entrada de este lugar? El misterio continúa. Otra vez divagando, será que dejó de llover y el sol me está tostando el cerebro. Mejor me activo y me voy al gimnasio, ese que queda a dos pasos de lo que fue la fabrica LU, los inventores, o más bien los “patentadores”, de la galletita seca, medio arenosa, de espectacular éxito internacional. El edificio fue fabrica desde 1886 hasta 1986; en 1994 se pasa un proyecto para volverlo centro cultural. En el 2000 nace entonces, el Lieu Unique, que alberga una biblioteca, un bar-restaurante, una galería de arte, un lugar para conciertos y hasta un baño turco. Por aquí saben mezclar historia y cultura y hacer ambas cosas rentables y divertidas. No están tan mal estos franchutes, “c'est inventif la vie”.
Y pensándolo bien, tengo como pereza, ya son más de las cinco y el gimnasio va a estar lleno hasta las tetas, de seguro no me salvo del espectáculo de los franceses desnudos en la sala de los casilleros, conversando muy a gusto, empelotas, con las vergas bamboleándose peligrosamente cerca de mi espacio vital y con vestidores con puerta, justo detrás de ellos. El del problema debo ser yo, en definitiva. Mejor me voy a tomar sol en los fosos del castillo. Allí, uno puede echarse a broncear mientras mira, en un plano horizontal, las impresionantes murallas de la residencia de los Duques de Bretaña. Este castillo fue levantado por allá en el siglo XIII y tomó su forma actual en el XV, bajo Francisco II (el de la catedral) quien quería una poderosa defensa frente al poder real francés. El castillo se lo anexaría Francia en 1532, no por vía militar sino por diplomática, cuando Ana de Bretaña se casó con Carlos VIII y luego con Luis XII, ambos reyes de Francia (porque cambiaba de marido como de calzones). Fue declarado monumento histórico en 1862 y la ciudad de Nantes lo compró en 1915, convirtiéndolo en museo en 1924. Los alemanes construyeron un búnker allí, durante la ocupación; ha visto todo tipo de dementes, esta sólida construcción. No se equivocan quienes dicen que el viejo continente huele a historia, estas paredes parecieran secretar una espesa niebla transparente, cargada de fantasmas de ojos cansados; ecos átonos de tiempos perdidos, fatigan al despistado turista. Huele también como a mierda porque, a un precioso labrador le pareció que el lugar más idóneo para cagar, estaba a míseros cincuenta centímetros de mi cabeza, “c'est la vie...de merde”.
El escatológico evento me obliga a cambiar de lugar, ¿a dónde ir? Podría dirigirme hacía el Hangar à Bananes en busca de una cerveza, en alguno de esos bares que encontraron hogar en los desafectos hangares industriales, amigos de la soledad desde cuando el puerto de Saint Nazaire le quitó protagonismo industrial a Nantes. Pero eso está muy lejos; menos lejos están las máquinas de la isla, una serie de construcciones mecánicas inverosímiles, inspiradas en una mezcla de Julio Verne, Leonardo Da Vinci y el pasado industrial de Nantes. Con algo de suerte, hoy sacarán al elefante, una maquina de 4 metros de alto que representa, pues eso, un elefante. Parpadea, camina, grita (o lo que sea que hagan los elefantes), mueve las orejas y echa agua por la trompa. Es como si alguien se hubiera propuesto hacer realidad algún delirio infantil y qué bueno, a veces el alucinante efecto de tan colosal muñeco es extrañamente reconfortante. Y no, estamos entre semana, hoy no lo sacan, mejor me quedo por el centro.
Es una lástima, de camino habría podido visitar el monumento a la abolición de la esclavitud, un poderoso lugar de entrada libre, donde se cuenta la historia de la trata negrera de la cual Nantes fue gran protagonista. Dos mil placas de vidrio gravado nos llevan por los años de la infamia en un ejercicio de memoria ejemplar. El lugar es subterráneo y está casi al nivel del río Loira al cual bordea de manera que uno se siente en las tripas de uno de los tantos barcos que llevaban presurosos al infierno, a los humanos de pecados invisibles y maldición melanínica. Curiosamente, ese lugar huele a orgullo y a valor, a perdón y a amor, y su iluminación entrecortada sabe a melancolía. Arriba sobre la acera, una multitud de placas incrustadas en el cemento guardan los nombres de los barcos negreros que pasaron por Nantes y el número de “carbones” que llevaban. Aquí se le pone nombre al dolor y se le mira con serenidad, “c'est émouvant la vie”.
Pero bueno, en cambio, se me ofrece el espectáculo de la fuente que está en medio de la Place Royale. Es una estructura piramidal dividida en tres niveles. En lo más alto, la diosa Amfítrite, hecha en mármol blanco, representa a la ciudad de Nantes. El río Loira está representado por una mujer que riega agua a través de dos ánforas. El río Erdre, el Cher, el Loiret y el Sevre, todos afluentes del Loira, están representados por dos mujeres y dos hombres recostados, que dejan salir agua por sendas ánforas. Luego, hay ocho querubines que representan los ocho genios de la industria y el comercio, regando agua sobre unos delfines. Todo esto en bronce. El conjunto hace alegoría a la vocación fluvial y marítima de Nantes y la plaza es completamente peatonal desde el 2007, como buena parte del centro de la ciudad. Cuando algo pasa en Nantes y tiene algún valor, pasa en la Place Royale. Esta plaza y su fuente, son quizás, uno de los mayores aciertos que ha tenido arquitecto alguno en esta ciudad. Sí, sí, no me arrepiento de mi decisión, el agua y las estatuas al sol, exculpan los remordimientos de la pereza. Desde aquí veo mi apartamento, creo que me tomaré un café en La Provence, el bar del primer piso, el sol empieza a caer, la gente a volver a casa, la cosa se anuncia poética.
El sol de costado en los edificios de fachadas históricas, el ruido de los jóvenes y sus sodas, de los viejos y sus cervezas, el mesero de aquí para allá y de allá para acá, las gotas de una lluvia reciente, el calor tímido de la primavera, las palomas y sus excesos de confianza, el humo del fumador empedernido, el acordeón y la guitarra de los cantantes callejeros, el café amargo sobre la mesa, las moneditas del pago sobre la factura, el colombiano de ruana con cara de que no se está tan mal por aquí, con la sensación de que finalmente, por momentos, es jodidamente buena “la vie”.
1.Sustantivo masculino; Colombia: trabajo, ocupación retribuida.
2 .Dicho de una persona: Que en su vestuario, modales, lenguaje, etc., manifiesta gustos propios de una clase social acomodada.
3.Masturbarse.
4.Adjetivo : Sinvergüenza, descarado
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