Un amigo mexicano me pidió una reflexión sobre la soledad en el universo García Márquez, me salió esto:
Pero si cuarenta y tantos millones de seres entienden la referencia sin dificultad, ¿cómo se está solo en este Macondo de carne y hueso? La soledad, en el universo Gabo, más que la ausencia de compañía es la incapacidad de amar. Amar en términos amplios, a tu pareja, a tu familia, a tu tierra, a tu lengua, etc. Esa incapacidad encuentra su origen en cosas muy humanas y por momentos muy colombianas (o latinoamericanas puesto que más se tarda uno en buscar rasgos identitarios que en descubrir lo grande de nuestra América). Los prejuicios, el guardar las apariencias, las reglas morales y toda la herencia de dogma religioso, niegan y destruyen todo tipo de amor. Nada como colocar un gran letrero que lee “Dios existe” en la mitad del pueblo para que la gente no olvide, durante la epidemia del insomnio que sume a todos en el olvido, que el mundo se rige por las reglas de un ser intangible y no por el latir de un musculo vital.
Enamorarse de ideales abstractos y ajenos, y emborracharse de glorias imposibles, conduce también a esa soledad. Ahí está el patriarca convencido de que la patria lo ama, resignado a que eso es mentira pero igual convencido de su grandeza. Ahí está su horrible cadáver, muerto a solas, incumpliendo designios, desordenando leyendas. Ahí está el Coronel Aureliano Buendía embarcándose en 32 guerras, todas eventualmente perdidas. Ahí se le ve, con un disparo en el pecho, resignado a vivir haciendo y deshaciendo pescaditos de oro hasta que la muerte lo coja meando en el patio. Ahí está Colombia (y nuestra América) reventándose la sien a culatazos y estallándose las entrañas a balazos en nombre de conceptos políticos venidos de otras tierras, en nombre del lucro ajeno, convencida de su pronta entrada en el progreso y el orden mundial. Ahí están nuestros pueblos levantándose temprano y acostándose muy tarde resignados a la estructura del destino, esperando que el tiempo expire. Cuánta soledad.
Soledad debió haber sentido Gabo cuando salió al exilio hacia la patria más grande de nuestra América. Soledad, sentirán muchos emigrados. Pero no hay que desesperar, esta tierra sabe reírse en la desgracia y aunque le toma tiempo, sabrá también encontrar su rumbo. Para que “las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.”1 Para que se pueda “vivir por vivir no más” como dijo Galeano, o “vivir sin darse cuenta” como planteó Quino. Porque “el primero de la estirpe está amarrado a un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas”2, reventemos los esquemas y soñemos con maripositas amarillas. Que nuestra soledad se quede en libros y canciones, que en adelante haga parte de la ficción y no de la realidad.
1. http://www.ciudadseva.com/textos/otros/la_soledad_de_america_latina.htm
2. GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel, Cien años de soledad, Ed Alfaguara 2007, Bogota, Colombia, pag 469
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