Ayer me llegó (cortesía de mi tío) un artículo de prensa que toca uno de esos temas analizados en compañía de la discípula de Freud (quien curiosamente nunca sugirió la sexualidad como origen de ningún trastorno). En alguno de esos días de introspección asistida, nos pusimos hablar de familia y violencia, o algo así. Muy naturalmente, y sin la menor incomodidad, le conté la historia de mi tío José. Le conté la historia a grandes rasgos (la que yo conocía): Mi tío era medico en yo no sé qué pueblo del Caquetá, se peleó con los locales por yo nunca supe que razón y murió en circunstancias que aún son un misterio. La abuela se debate entre la idea de que está vivo en algún rincón olvidado de Colombia y la sospecha de que un día dará con sus restos. De cualquier manera, lo cierto es que ya no está, desapareció, no quedaron sino sus fotos y el breve espacio en que no está. Pero somos colombianos, estas cosas pasan, normal.
“¿Normal?” Preguntó la psicóloga con cara de que la respuesta era obvia, “¿le parece eso, normal? Entonces por una vez, por primera vez, tuve que detenerme a pensar, ¿es esto normal? ¿Es normal que la casi totalidad de la población colombiana haya sido víctima de una u otra manera de la violencia que azota a nuestro pueblo desde hace tanto, pero tanto tiempo? ¿Con qué medimos nuestra tragedia? ¿A qué se parece el extremo dolor y el horror absoluto? ¿Qué es un inconveniente y que es una espina en el alma? ¿Cuándo la resiliencia se convierte en humanidad cauterizada? De repente la calma que brindaba la monstruosa banalización de la violencia se convirtió en la angustia de un renovado humanismo. ¿Cuándo caí en el fantasioso abismo donde lo macabro se convierte en paisaje mundano? Inaceptable, no se puede andar por ahí tomando el dolor por rutina, el paradigma tenía que cambiar.
¿Qué rumbo tomar? ¿Cuál es la reacción apropiada? Rabia, dolor, venganza, perdón, resignación, esperanza… ¿por dónde se empieza? Me tomó un momento pero al final lo encontré: la memoria. Tenía que saber más, sobre lo sucedido, sobre mi tío, sobre todo lo que fuera posible. Me puse entonces a hacer preguntas, a mi madre sobre todo. Comencé también a compartir la historia con unos cuantos, comencé a buscar opiniones y puntos de vista. Supe por ejemplo que mi tío si me conoció. Yo siempre pensé que él había muerto sin conocer a su sobrino. No fue así, por un momento me sostuvo en sus brazos siendo bebe. Alguna cosa me habrá dejado, la abuela todavía hoy se confunde por momentos y me llama “José”. Supe que se hicieron esfuerzos por encontrarlo y por saber la verdad, esfuerzos que se vieron truncados por ambientes hostiles y peligrosos. Y cuando ya sabía algo más que con lo que había comenzado me pregunté: ¿Y ahora qué?
Pensé entonces en dos personajes: Mandela y Mujica. Ambos tienen un punto en común bien interesante, ambos pagaron largas penas de prisión por razones totalmente injustas y en nombre de causas que hoy, si no justas en todos los casos, al menos parecen obvias. Al estar entre cuatro paredes y a la merced del odio de sus carceleros, no tuvieron más opción que enfocar cualquier sentimiento (negativo o positivo) hacía la reflexión, hacia el pensamiento constructivo. Eso no solo evitó que se volvieran locos sino que además pareciera (y exageremos un poco), los iluminó. Salieron de reos para convertirse en recalcitrantes humanistas, prestos a trabajar por una sociedad amable y fraterna que de alguna manera divisaron entre barrotes. Se me ocurrió imitarlos, me propuse sentarme en calma y soledad a reflexionar para ver si la inacción y el confinamiento me dejaban ver la claridad entre la bruma.
Me di cuenta que mucho pasa por el perdón. Y no necesariamente el perdón de los posibles victimarios sino de mí mismo, por haber pintado la tragedia de rutina, y de los otros, por haber generado la tragedia y por hacerla habitual. Porque si no perdono se me pasará el corto espacio temporal que me fue dado apretando los dientes, deseando el castigo y el dolor para alguien más, o peor, castigándolo yo mismo. Porque desear que otros sientan el mismo dolor es natural, desear que vivan en la misma alegría es heroico. Habrá que mirarse al espejo y encontrar ese héroe en el lado profundo de los ojos. A riesgo de sonar pedante, no nací para ser “normal”, los paradigmas aceptados serán siempre objeto de mi análisis y mi crítica hasta que dicha práctica se vuelva paradigmática. No usaré manual de análisis pero me guiaré siempre por el amor, quizás así en el futuro, no nos perderemos sino de eso, amor. Quizás entonces “desaparecido” será el nombre jocoso que daremos a los amigos que hace rato no cruzamos. Quizás entonces confundiremos nombres por afección y no por aflicción. ¿Me pregunto que pensara de esto mi psicóloga?
“Un oso de antojos mirando a lejos en la montaña”
“¿Normal?” Preguntó la psicóloga con cara de que la respuesta era obvia, “¿le parece eso, normal? Entonces por una vez, por primera vez, tuve que detenerme a pensar, ¿es esto normal? ¿Es normal que la casi totalidad de la población colombiana haya sido víctima de una u otra manera de la violencia que azota a nuestro pueblo desde hace tanto, pero tanto tiempo? ¿Con qué medimos nuestra tragedia? ¿A qué se parece el extremo dolor y el horror absoluto? ¿Qué es un inconveniente y que es una espina en el alma? ¿Cuándo la resiliencia se convierte en humanidad cauterizada? De repente la calma que brindaba la monstruosa banalización de la violencia se convirtió en la angustia de un renovado humanismo. ¿Cuándo caí en el fantasioso abismo donde lo macabro se convierte en paisaje mundano? Inaceptable, no se puede andar por ahí tomando el dolor por rutina, el paradigma tenía que cambiar.
¿Qué rumbo tomar? ¿Cuál es la reacción apropiada? Rabia, dolor, venganza, perdón, resignación, esperanza… ¿por dónde se empieza? Me tomó un momento pero al final lo encontré: la memoria. Tenía que saber más, sobre lo sucedido, sobre mi tío, sobre todo lo que fuera posible. Me puse entonces a hacer preguntas, a mi madre sobre todo. Comencé también a compartir la historia con unos cuantos, comencé a buscar opiniones y puntos de vista. Supe por ejemplo que mi tío si me conoció. Yo siempre pensé que él había muerto sin conocer a su sobrino. No fue así, por un momento me sostuvo en sus brazos siendo bebe. Alguna cosa me habrá dejado, la abuela todavía hoy se confunde por momentos y me llama “José”. Supe que se hicieron esfuerzos por encontrarlo y por saber la verdad, esfuerzos que se vieron truncados por ambientes hostiles y peligrosos. Y cuando ya sabía algo más que con lo que había comenzado me pregunté: ¿Y ahora qué?
Pensé entonces en dos personajes: Mandela y Mujica. Ambos tienen un punto en común bien interesante, ambos pagaron largas penas de prisión por razones totalmente injustas y en nombre de causas que hoy, si no justas en todos los casos, al menos parecen obvias. Al estar entre cuatro paredes y a la merced del odio de sus carceleros, no tuvieron más opción que enfocar cualquier sentimiento (negativo o positivo) hacía la reflexión, hacia el pensamiento constructivo. Eso no solo evitó que se volvieran locos sino que además pareciera (y exageremos un poco), los iluminó. Salieron de reos para convertirse en recalcitrantes humanistas, prestos a trabajar por una sociedad amable y fraterna que de alguna manera divisaron entre barrotes. Se me ocurrió imitarlos, me propuse sentarme en calma y soledad a reflexionar para ver si la inacción y el confinamiento me dejaban ver la claridad entre la bruma.
Me di cuenta que mucho pasa por el perdón. Y no necesariamente el perdón de los posibles victimarios sino de mí mismo, por haber pintado la tragedia de rutina, y de los otros, por haber generado la tragedia y por hacerla habitual. Porque si no perdono se me pasará el corto espacio temporal que me fue dado apretando los dientes, deseando el castigo y el dolor para alguien más, o peor, castigándolo yo mismo. Porque desear que otros sientan el mismo dolor es natural, desear que vivan en la misma alegría es heroico. Habrá que mirarse al espejo y encontrar ese héroe en el lado profundo de los ojos. A riesgo de sonar pedante, no nací para ser “normal”, los paradigmas aceptados serán siempre objeto de mi análisis y mi crítica hasta que dicha práctica se vuelva paradigmática. No usaré manual de análisis pero me guiaré siempre por el amor, quizás así en el futuro, no nos perderemos sino de eso, amor. Quizás entonces “desaparecido” será el nombre jocoso que daremos a los amigos que hace rato no cruzamos. Quizás entonces confundiremos nombres por afección y no por aflicción. ¿Me pregunto que pensara de esto mi psicóloga?
“Un oso de antojos mirando a lejos en la montaña”
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