“Cuando llegaron los Americanos se tomaron todas las casas que quedaban en pie. Bajo el calor del verano, sacaban sus torsos desnudos por la ventana y detrás de ellos bramaban los tocadiscos al ritmo de la música de su país. Así conocí y me enamoré del Jazz”. Así cuenta la abuela K. sus memorias de guerra y música. Todos los abuelos tienen historias fascinantes si se les presta oído y tiempo, pero los abuelos alemanes tienen un repertorio particular donde del dolor destellan chispas de increíble belleza. Así es este país, el lugar donde un pasado abominable y un presente ejemplar se chocan violentamente para dar forma a una sociedad que mira para adelante, quizás en exceso.
Alemania me recibe con un cielo brillante y un frío penetrante. El S-Bahn que nos lleva del aeropuerto de Düsseldorf a Neuss atraviesa un paisaje urbano donde el verde, el de los árboles, apenas si se asoma tímidamente. Estamos en la región más densamente poblada de Alemania, 18 millones de personas en un espacio igual al departamento de Santander. Para estándares latinoamericanos eso no es mucho, pero aquí da la impresión de ser una ciudad interminable.
La abuela K. nos recoge en la estación de tren a bordo de su Toyota minimalista, un auto pequeñito y automático, perfecto para una señora de ochentaicinco años. Su casa no es fácil de encontrar si uno no sabe dónde buscar. Se le encuentra al final de una entrada bordeada de arbustos, debajo de un enorme pino de navidad de casi 50 años, literalmente detrás de la casa vecina que da a la calle. Es un paraíso plagado de arte naïf y pajaritos que vienen a picotear las nueces que la abuela les ofrece en una bolsita de malla. Recién llegados y a comer. Sobre la mesa: una bandeja con pollo, papas y champiñones cubiertos con una salsa de vinagre balsámico y miel. “Es comida francesa” me informan. La abuela K. argumenta que la región hizo parte de Francia durante 20 años, el resto de la familia sacude la cabeza entre desaprobación y duda. Algo entiendo de la conversación familiar, la cosa va bien.
“No es como Guérande o alguna de esas impresionantes ciudadelas medievales francesas, pero es lo que hay en la zona” dice Thomas como disculpándose tímidamente por lo que estoy a punto de ver. ¡Pero qué va! Zons es una ciudad amurallada con vestigios medievales aquí y allá. Sus muros son una mezcla de ladrillo y roca negra. Está plagada de casas típicas alemanas hechas en ladrillo y vigas de madera aparentes, con ventanas sorprendentemente pequeñas. Solía servir de peaje y aduana sobre el Rhin hasta que el caprichoso río decidió mover su curso 30 metros más allá, naturalmente, y acabó con la influencia de la ciudad. Hay por aquí detalles pintorescos: casi todas las casas tienen algún tipo de adminículo pegado al buzón de correos, generalmente en forma de cilindro, en donde se deposita el periódico diario o dominical. En una de las entradas de la ciudad hay un monumento rodeado de cerdos hechos en bronce que conmemora no sé qué pelea ganada a Colonia a propósito de, pues eso, cerdos. ¿A qué se parece entonces la belleza en Alemania? La respuesta la encontramos en la iglesia del pueblo donde el organista está en pleno ensayo. Un recinto vacío, a media luz, donde los largos tubos de metal del órgano resuenan al ritmo de la experiencia y la tradición, de esos momentos cuando la vida pasa más despacio.
“Es estilo románico tardío” me explica Thomas. No sé yo cuántas iglesias románicas que uno pueda decir “grandes” habrá en Europa, pero lo cierto es que como la de Neuss, yo no había visto antes. Con una magnitud que se equipara a las que usualmente tienen las catedrales, la iglesia de Neuss es distinta. Pequeñas y altas ventanas hacen de su imponente interior una especie de cueva oscura iluminada únicamente por rayitos solares que entran por las los diminutos espacios donde se les concede ese permiso. Contrasta bastante con los diseños habituales barrocos o góticos de imponentes ventanales cubiertos por ricos vitrales. Una fachada algo torcida que mezcla el color tierra y el negro de sus baldosas, le da un aspecto honorable y algo aterrador. Realmente única, o así me parece a mí, quizás víctima de una profunda ignorancia. El resto del paseo nos lleva a las calles históricas compuestas de casas de tres plantas todas con fachadas de colores distintos. Es una policromía de lo más alegre y me hace pensar en Amsterdam, no estoy seguro del porqué. Un sablazo del pasado destiñe, por un momento, los tintes gozosos del presente. En el andén, frente a algunas casas, hay pequeñas placas doradas incrustadas en el cemento. Son marcadores que indican que de esa casa, una familia judía fue desalojada y llevada a quien sabe qué terrible tormento. Qué difícil es sacudirse la pesada sombra de los tiempos de la ignominia.
“La ciudad fue destruida dos veces: la primera, durante las guerras napoleónicas y la segunda, en la segunda guerra mundial, cuando los cabrones de los nazis peleaban cada metro de tierra a muerte”, me comenta Thomas al respecto de Düsseldorf. Afortunadamente para nosotros, el delirio bélico intentó evitar algunos objetivos no militares, entre ellos, el Castillo de Benrath, allí mismo en Düsseldorf. “Parece un pastel de crema” comenta Becca con emoción, y sí, la verdad es que parece un merengue adornado, un palacio empalagoso y chiquito.
El Castillo de Benrath fue ordenado por el Príncipe Elector Carl Theodor, por allá en el año 1755. Elector porque no obtenía el poder por consanguinidad sino por votación, aunque no terminé de entender el sistema de la época. En el lugar había ya un “palacio de caza”, por así decirlo, usado regularmente por los duques de la región, empezando por el Duque Philipp Wilhelm, quien ordenó su construcción entre 1650 y 1657. Lo que ordenó Carl Theodor fue, más bien, una renovación, aunque si uno mira los planos originales, la “renovación” fue más bien una reconstrucción total que aprovechó algunas partes del edificio existente. Para variar, el estilo y el arquitecto son franceses.
El castillo está fundado alrededor de la idea de la caza y de la simetría. Su interior revela todo tipo de maravillas. Una de las más interesantes es, quizás, la que demuestra que lo de “chiquito” es solo una impresión. Resulta que tiene seis pisos pero no todos fueron concebidos para albergar personajes notables. Hay “entre pisos” invisibles desde el exterior por donde pasaban los sirvientes sin molestar a nadie y sin dañar la estética, una idea muy progresista. Los baños también están escondidos tras puertas secretas puesto que los nobles eran cuerpos gloriosos, nadie debía saber que, de hecho, se bañaban.
El salón de baile, a diferencia de los demás espacios, toma toda la altura del edificio y culmina en una cúpula aplanada que tiene un hueco en la mitad que deja ver un segundo techo superpuesto un metro más arriba. Resulta que en ese espacio que hay entre la cúpula y el techo, antaño, se posicionaban los músicos de la orquesta, de manera que la música literalmente llovía de allí, dando la impresión de ser producida por los querubines y las diosas griegas que adornan ese cielo de mármol y escayola. Y como la simetría era una obsesión, las alas laterales del edificio principal, una para el Príncipe Elector y otra para la Princesa Electora, son idénticas hasta el más ínfimo detalle, de manera que solo hace falta ver una para conocer ambas. Era tal el deseo de simetría que, en varios lugares, hay puertas falsas, puestas allí con el ánimo de repetir otra puerta en el lado contrario del cuarto. El castillo tiene también pasajes subterráneos que lo comunican con los edificios vecinos que, una vez más, son copia el uno del otro ubicándose uno a cada lado del castillo. Desafortunadamente, la visita guiada no nos sube a la planta superior ni al interior de los edificios aledaños. Nos contentamos con pasear por las tres hectáreas de jardín que incluye un edificio color naranja donde solían guardar los naranjos durante el invierno para replantarlos en verano, ¡que excéntrica era esta gente caramba!
“Die längste Theke der Welt”, la barra más larga del mundo, así llaman los locales al barrio viejo de Düsseldorf. A lo mejor exageran pero lo cierto es que hay una gran cantidad de lugares donde refrescarse la existencia, con brebaje alcoholizado. A donde fueres haz lo que vieres, entramos en uno y pedimos un par de cervezas artesanales, dos ensaladas de papa y una sopa de lentejas, o algo así, con cerdo. En Francia te cobran un ojo de la cara por comida casi artística que te llena más lo culto que lo gástrico. En Alemania te sirven porciones como Dios manda de una comida sin complejos o grandes aspiraciones, una comida para disfrutar y saciarse, -ya me volvió a dar hambre-. Después del entremés salimos de nuevo a sobrevivir al frío. Con la urgencia que da la búsqueda de calor, pasamos rápidamente por la alcaldía, un par de parques, los comercios y terminamos en la calle chic de Düsseldorf donde los pitos de los Ferraris y los Mercedes retruenan con frustración, y la gente se apiña en las entradas de los almacenes de alta costura, tratando de lucir muy elegantes para ver si el guarda de la entrada les deja entrar a ver vestidos de quien sabe cuántos miles de euros, que en su gran mayoría, nadie va a comprar. El mundo consumista tiene algo de sutil patetismo.
La noche nos encuentra sentados en la mesa de un restaurante de vuelta en Neuss. Pido una suculenta Dorada con papas (la mitad de los platos en Alemania llevan papas). Como buen nieto de Noel Téllez, me dejo absorber por el trabajo que implica comer cada trozo de pescado posible. Ya cuando termino de masticar el último ojo de pescado, levanto la cabeza y me doy cuenta que toda la familia me mira con asombro, hasta el mesero parece algo perturbado. Nadie había visto nunca a nadie comerse la cabeza del pescado por estas latitudes, no saben si traerme el postre o llamar a Ripley’s. Parece que lo de hábil comensal de borde del río Magdalena sirve solo allá, en el río Magdalena. Podría argumentar que los modales en la mesa tienen cara de ser una invención europea pero mejor reírse y hacerse el tonto.
“A estos mejor no les tomes fotos” me dice Becca con una sonrisa preocupada. Justo frente a la estación de trenes de Colonia, donde el 31 de Diciembre de 2015 un grupo de más de mil hombres borrachos acorraló, manoseó y violó, en algunos casos, a toda mujer que por allí pasó; había en esta oportunidad una manifestación feminista a favor del respeto por las mujeres. La manifestación era más bien simpática, se trataba de una especie de clase de aeróbicos, el objetivo era bailar todos juntos. Un poco menos simpático era el grupo de neo-nazis ubicado a escasos metros de las feministas y la gran cantidad de policías entre ambos. No logramos comprender los motivos específicos de tal presencia pero no lo calificaría como el punto álgido de mi visita.
Pero, ¡qué más da! El día fue genial, buena parte la pasamos entre los corredores del museo romano de Colonia. Tienen allí una gran colección de objetos de cuando el imperio romano regía la zona, desde vasijas de barro y vidrio hasta imponentes mausoleos que constaban el equivalente de toda una vida de servicio en la legión. La joya del lugar es, sin duda, su mosaico. Este cubre un área importante del primer piso, la paciencia y el arte que se le imprimió no da espacio a otra cosa que no sea la fascinación. De allí, pasamos a un café donde una buena cerveza y un arenque espectacular hicieron olvidar un poco el mal clima. Y después, a las tripas del monstruo: la Catedral de Colonia.
Este imponente monumento gótico con casi 8 mil metros cuadrados de superficie, se eleva en su punto más alto a más de 160 metros del suelo. Es muy, pero muy grande. Es de hecho una de las más grandes del planeta y, al menos sus edificios iniciales, han estado allí desde el siglo cuarto. Su interior es un despliegue impresionante de vitrales, recuadros y escultura. Es también un mar de gente, desde Notre Dame no había visto tantas personas al mismo tiempo en un lugar de culto sin hacer parte del mismo. Más de tres millones de personas por año visitan el interior de este edificio. Una de las razones, además de su colosal tamaño, es la reliquia que tienen bajo el altar en la parte trasera de la nave: El Sepulcro de los Tres Magos. Es un sarcófago ricamente adornado por bajorrelieves en oro e infinidad de piedras preciosas. Dice la leyenda que contiene las reliquias de los Reyes Magos, traídas de Milán en 1164. Es, sin lugar a dudas, el trabajo artístico más impresionante que yo haya visto en persona. Y he visto algunos cuantos, modestia aparte.
El viaje se nos acaba con un fondue en casa de abuela K., no uno de queso sino uno de aceite, de esos donde uno tiene carne y vegetales crudos en el plato y los pone a freír en una fuente de aceite caliente. Mientras me deleito con la cena pienso que los alemanes aun no terminan de rencontrarse con su tierra, pero lo espectacular de su tierra ya hace un rato se rencontró con el mundo. Ojalá pronto aprendan que amar lo tuyo no significa, ni provoca, movimientos nacionalistas homicidas, así existan aún, uno que otro grupo de subnormales nostálgicos de tiempos totalitaristas. Volveré por estos parajes a buscar algunas salchichas, mucha historia, gente amigable y, por esas cosas bonitas de la vida, a ver a mi familia.
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