dimanche 22 janvier 2017

La revolución de los gorritos rosas

Cuando la luz del día del 8 de noviembre del 2016 se encaminaba a la noche y se confirmaba la victoria de un magnate norteamericano en las elecciones de uno de los países más poderosos del planeta, Teresa Shook, una abogada jubilada y desocupada residente en Hawái, decidió preguntar en su Facebook: ¿Y si las mujeres marcharan en masa por Washington cerca del día de la inauguración? Motivada por el exceso de tiempo libre, decidió también crear un evento al respecto. Cuenta el Washington Post que al acostarse el evento contaba con 40 participantes. Al levantarse, 10.000 personas habían dicho “presente”. A lo mejor 10.000 amas de casa desadaptadas, menopaúsicas jubiladas o jovencitas faltas de estructura.

Parece que las féminas andan alborotadas y, en su constante histeria, han comenzado a pensarse heroínas. Por allá en mayo, Tess Asplund, alzó su puño y estoicamente hizo frente a 300 neo-nazis que desfilaban por las calles de Borlänge, acto heroico que resultó en una de las imágenes más fuertes del año. Como si el ejemplo de una motivara el coraje de muchas. Hacia mediados del año pasado, Leshia Evans se plantó frente a un escuadrón de policías antidisturbios en Baton Rouge y, con una calma sobrecogedora, esperó pacientemente a ser arrestada. El momento, capturado por el rápido lente de un periodista, vivirá largo tiempo en los libros de historia para recordarnos que la autoridad se respeta.

El desorden infecta nuestra juventud y hasta nuestra política. Hace no mucho, vimos cómo una niña, que poco entiende de tradiciones religiosas y que se le dificulta seguir el rol que ya fue elegido para ella en la sociedad, empezó a militar políticamente en favor de la educación para las mujeres en Pakistán. Tan perdida estaba que ni siquiera un atentando contra su vida logró enderezar su camino. Para colmo de males, los suecos decidieron darle el Premio Nobel de Paz en 2014. Muy recientemente, en Colombia, un país donde las mujeres suelen ser tenidas a raya, gracias a la iglesia, a los gobernantes y a los violentos, una senadora radical decidió lanzarse a la presidencia de la república. El exabrupto se completa con el hecho de que esta senadora es lesbiana y buscará hacer caer a su sociedad en una degeneración que se compare a su moral.

En octubre, las cosas tomaron tintes dramáticos. En Polonia, miles de mujeres vestidas de negro se tomaron las calles y obligaron a sus gobernantes a retractarse en un proyecto de ley que penalizaba el aborto en todas las circunstancias concebibles. Pero estos graves desmanes no se iban a reproducir en el país del norte, allí el empresario vencedor y ejemplo de vida mantendría a cualquier mujer desagradable bajo control, así como lo había logrado con su contrincante. Pero algo extraordinario ocurrió, la historia se pronunció hace apenas algunas horas.

El día de ayer, más de un millón de personas, en su mayoría mujeres, se tomaron las calles de casi 400 ciudades alrededor del mundo para demonstrar que ningún animal de ego desbordado podrá tomarlas por la vagina impunemente. En varias ciudades de los Estados Unidos el recorrido de las marchas tuvo que ser cancelado debido al exceso de personas. Los servicios de transporte y las policías locales se vieron obligados a emplearse a fondo para posibilitar el movimiento organizado de la marea femenina. La capital estadounidense fue quizás el punto de mayor espectacularidad. Allí, medio millón de personas hicieron quedar en ridículo a la movilización popular que el día anterior había recibido con júbilo al nuevo mandatario. En la Antártica, la proa de un barco sirvió de plaza donde demostrar el poderío de las que resisten. Incluso en lugares insospechados como Colombia, mujeres salieron a reclamar las calles como suyas.

El artista Pharrell Williams dijo en su Twitter: “El futuro es mujer”, y es difícil no concordar con esta visión. La virilidad y la testosterona, la agresividad y el heroísmo desbocado parecen marchitarse frente a la resistencia desbordante de humanidad que las mujeres despliegan alrededor del mundo. No se registró ningún detenido en las marchas de ayer, no hubo enfrentamientos a pesar de que grupos antiaborto se encontraron frente a frente con grupos que defienden la libertad de elección. Lo que es más, en el escenario principal se vieron pasar mujeres musulmanas, latinas, negras, indígenas, en condición de discapacidad, miembros de la comunidad LGTBI, niñas y ancianas, y en general todos los colores de una sociedad rica en diferencias. Un grupo alegremente heterogéneo que contrasta con fuerza con los ideales xenófobos que ganan adeptos por todos lados hoy en día.

Los estereotipos odiosos son los nuevos estandartes de batalla. Hayley Gilmore, una artista de Mississippi escribió sobre una imagen de la mítica princesa Leia: “El lugar de la mujer es en la resistencia”, una bofetada rabiosa al cliché que reza que las mujeres pertenecen a la cocina. El nuevo presidente Trump le sacó, meses atrás, una sonrisa a millones al calificar a su contendiente, una mujer infinitamente mejor preparada y calificada para el cargo que él, de “nasty woman” que viene siendo algo así como mujer desagradable, por referirnos a la traducción menos insultante. Ayer, miles y miles de mujeres desagradables adoptaron la definición como apelativo heroico y salieron a romperle el orden al patriarcado establecido.

Madonna, presente en el evento, escandalizó a más de uno al decir “fuck” en televisión nacional y en mitad de una multitud llena de niños y ancianos. Parece que nadie recuerda los comentarios hechos a Megyn Kelly que aducían a su menstruación o la infinidad de improperios maquillados que, el hoy presidente, profirió durante su campaña. Una mujer informada, educada e inteligente, preocupada por pelear por sus ideales y no por maquillar sus dolores o ser la modelo perfecta de lo que sea que la mente ajena haya fabricado, asusta. Al parecer más de un hombre pierde el equilibrio cuando el sexo opuesto le refuta contundentemente lo que él tiene por sentado. Las brujas existen y andan por la calle reclamando sus derechos.

Cuando la luz del día del 8 de noviembre del 2016 se encaminaba a la noche y junto con ella se hundían la esperanza y el optimismo; cuando el asco, la tristeza y la rabia se apoderaban de millones de almas que desconcertadas miraban cómo el Neanderthal de manos pequeñas y bolsillos grandes se apoderaba de uno de las posiciones políticas que más poder concentran en el globo, Teresa Shook prendió la llama de una revolución. Quién iba a pensar que una marcha llena de gorritos rosas iba a convertirse en uno de los momentos más significativos de este siglo.

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