El día ha sido lento, los contratos y diciembre suelen ser una mezcla heterogénea. Las ofertas para conseguir una forma de ganarse la vida un poco más estable tampoco abundan. Supongo que de navidad, las empresas no piensan necesariamente en obtener nuevos empleados. La exagerada desesperanza y el infinito aburrimiento me han arrastrado hasta un café solitario que con seguridad cerrará durante la próxima hora. Yo y mi café discutimos sobre las improbables direcciones que puede tomar mi vida, de vez en cuando el movimiento de los dos empleados, una chica de mirada melancólica y un joven absorto en su trabajo, interrumpen sin grandes consecuencias mi retahíla ilusoria.
Me gustaría mucho que me llamaran de aquel trabajo de las bicicletas. El producto es bueno y me es familiar, además se parece a lo que hago usualmente. Por supuesto este trabajo implicaría cambiar de ciudad y de apartamento, cosa que se presenta molesta en la mitad del invierno, eso sin contar la hora de camino que se gasta uno desplazándose hasta el trabajo cada mañana. Las otras opciones no son mejores, quizás la más factible es seguir trabajando en casa. Pero esa situación no puede durar para siempre – Tengo que decirte algo – el ingreso no es constante y – espero que no te parezca demasiado raro – a veces el trabajo es un asco y – es que…me gustas – encima… ¿qué?
La declaración nerviosa rompe dulcemente con mi espiral de negativismo. Ha salido de los labios de la chica del café, se lo ha dicho a su compañero de trabajo en casi un susurro. De repente me doy cuenta que ellos están tan solos aquí como lo estoy yo, ellos son los empleados del café, casi parte del decorado; yo soy el último cliente, casi una circunstancia de un largo día. Él no dice nada, limpia una mesa, mueve un poco los labios en señal de reflexión y pregunta: “¿Desde hace cuánto?” La pregunta se me antoja egocéntrica y bastante idiota pero el tono dulce en que la misma es pronunciada desarma mi indignación. “Seis meses” contesta ella, entre excitación y angustia, y ¿cómo podría ser de otro modo?, esa pregunta deja en el limbo la pregunta implícita que su frase inicial planteó. “Voy…voy a ir a la bodega para pensar en mi respuesta” dice él y sale de nuestro (porque yo ya estoy en esto) campo de visión.
¡Qué hijo de puta! Salir corriendo frente a una declaración de amor y esconderse como un niño asustado. Pobre chica, la valentía que habrá tomado decir esas palabras, el momento y el lugar revelan una derrota de sus propios miedos, frente a mí, una heroína organiza tazas y platicos. Se me ha acabado el café y se me antoja otra taza pero me acalla la inseguridad de no saber si mi deseo, una vez manifiesto, aumentará su angustia o si por el contrario, le ofrecerá una puerta de escape. Un nuevo sorbo de un café que yo no sé cómo conseguí me devuelve al rencor de un dolor que no es mío. ¡Así va el mundo! Los grandes actos de valentía se diluyen bajo un mar de miedos lo que nos lleva a actos idiotas y a la indiferencia venenosa, estamos perdidos y ya pronto todo se irá a la mier… ¡Ahí está! ¡Ha vuelto de la bodega!
Camina hacia ella, se detiene un segundo, ordena unos cubiertos, hace una pausa, mira un punto fijo, aprieta los puños, vuelve a caminar, llega a su lado y... la besa. -“No quería admitírmelo pero siempre he sentido algo por ti”, dice el joven del café al tiempo que de mi taza se elevan fuegos artificiales y en mis oídos resuenan canciones épicas o vaya a saber uno qué otras cosas inventó mi cerebro embebido en sorpresa y felicidad ajena. Quizás fue mi cara de idiota o, a lo mejor, su sentido de profesionalismo pero la pareja se vuelve para preguntarme si está bien si se ausentan por unos minutos. Tuve miedo de gritar con emoción mi respuesta así que ofrecí un ligero movimiento afirmativo con la cabeza. Tengo ganas de salir corriendo y conquistar al mundo pero recuerdo que no he pagado y al final, todavía no me embriagado lo suficiente de este momento etéreo.
Ya vuelven, la sonrisa no les cabe en la cara, las manos van juntas, los dedos entrelazados, vuelven a su trabajo, se toman un café, se repiten el uno al otro lo felices que están porque de seguro la sensación es demasiado fuerte para dejarla en silencio, se besan en una esquina con ineficaz disimulo, me ofrecen un muffin como compensación por aguantar el espectáculo (si supieran que el honor que invade mi pecho no deja espacio al fastidio), terminan de ordenar todo, es hora de cerrar y el afortunado testigo de la batalla de la felicidad tiene que irse. El frío de la calle no se me antoja tan incómodo, olvidé las razones que me arrastraron a este café, tengo ganas de ir a ver a mi esposa para decirle que el amor todo lo puede o que todo lo vale, que por amor se mueve el mundo o que debería y que los empleados de un café cualquiera me limpiaron la neblina de los ojos y la pesadez del corazón. En tiempos donde se necesitan héroes, la heroína del café me parece la perfecta campeona a emular. ¡Me voy a inspirar a alguien!
Aquí, el link original de la historia: http://www.boredpanda.com/cafe-love-story-live-tweets-jerry-clayton/
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