samedi 25 octobre 2014

El eterno resplandor de una mente sin recuerdos.

Pocos seres humanos pueden decir, a veces callan por pudor, que sufren de esa extraña aflicción que les provoca encontrar placer y dedicar sus vidas al ejercicio de la política. Y no hablo de esos seres que despotrican sobre el presidente de turno o que aprovechan cada ocasión para realizar protestas llevados por el romanticismo de las posibles revoluciones. No, esos no. Hablo de esos que ven en nuestro desperfecto sistema, la democracia, más posibilidades que impedimentos, más oportunidades que puertas cerradas; ven, aunque se les trate de ilusos, charlatanes corruptos y vaya uno a saber que más cosas, la manera menos imperfecta de moldear y organizar el desdichado mundo en el que vivimos.
El pasado 23 de Marzo, España y el mundo perdieron lo que quedaba de uno de esos hombres, llamabase Adolfo Suárez. La historia de Suárez es política pero como suele ocurrir con aquellos que se dan en alma y cuerpo a su trabajo y obra, también es una historia muy humana y muy romántica (en el sentido literario de la palabra). Es la historia de un tipo hábil e ingenioso que supo leer los designios del futuro y que cambió para siempre la historia de ese conjunto de pluralidades culturales y lingüísticas que llamamos España, poniendo en práctica un modelo de proceso político, quizás el más audaz del siglo XX, la transición.

Todo empezó (¿empezó?) a finales del año 1969 cuando Suárez, por entonces gobernador civil de Segovia, tuvo su primer encuentro con el entonces príncipe Juan Carlos. Cuenta la leyenda que el joven gobernador le entrego al príncipe un papelito con el esbozo de lo que sería la transición, papelito que a la postre vendría a llamarse el papelito de Segovia (cuya existencia es discutida). Al futuro rey le debió haber gustado lo que vio porque se guardó el papelito y el nombre de su autor esperando la hora de hacer resurgir tanto al hombre como a la idea.

La hora llegaría relativamente pronto, ya muerto el generalísimo y con la dimisión algo forzada del jefe del gobierno español Carlos Arias Navarro. Se planteó una terna de candidatos para remplazarlo, Suárez estaba en ella pero aquello parecía circunstancial, un funcionario franquista más puesto allí para que sean tres los ternados porque así tiene que ser. Cuestión de números y no de oportunidades. Mayúscula fue la sorpresa (del resto, no de Suárez) cuando Juan Carlos lo citó a la Zarzuela donde, después de darle un susto amistoso (susto que tal vez debía recordarle el riesgo que todo esto implicaba), le devuelve el dichoso papelito de Segovia y le pregunta si eso de verdad se podía hacer realidad. Ese día Juan Carlos se jugó el reinado (según diría el mismo Suárez años más tarde) y Suárez comenzó a jugárselo todo, del pellejo al honor.

Le tomó seis meses de conversaciones impulsar la Ley para la Reforma Política, documento que en solo cinco artículos desarmaba todo el sistema franquista. Las cortes votaron la ley que fue aprobada con el 81% de las voces, primera espectacular victoria de Suárez, Torcuato Fernández Miranda, el teniente coronel Manuel Gutiérrez Mellado y, quizás el más importante, el rey Juan Carlos. El régimen franquista con todos sus dinosaurios acababa de suicidarse, era histórico. La cara de alivio con los ojos cerrados de Suárez una vez finalizado el conteo de votos, daba cuenta de la importancia del momento. Esta ley obligaba a un referéndum y a elecciones, las primeras desde la Guerra Civil Española, lo primero tuvo lugar el 15 de diciembre de 1976, lo segundo se convocó para el 15 de junio del año siguiente.

El referéndum pasó con 94% de puntos a favor, aplastante apoyo popular. Las elecciones estaban en el horizonte pero planteaban un par de problemas deliciosamente democráticos: por un lado, se necesitaba decidir quienes tenían derecho a la participación política legitima (se pensaba sobre todo en el ilegal Partido Comunista Español) y por otro, se temían las consecuencias de los resultados. Si ganaban los partidarios de la ruptura y el cambio agresivo se corría el riesgo de recaer en conflicto, los fantasmas de la guerra acechaban. Si ganaban los amigos de la continuidad, todo seguiría igual, el caduco sistema seguiría su rumbo y mantendría a España dividida en dos. Estas dos opciones eran representadas por extremos opuestos del espectro político, se necesitaba crear otra posibilidad, una de centro, algo con menos pasiones que permitiera el cambio gradual y concertado.

Suárez resolvió el segundo de los problemas creando la Unión de Centro Democrático, una coalición política de centro, centro-derecha que se declaraba socialdemócrata, liberal o demócrata-cristiana (según se mire). La UCD pasaría a ser partido político en agosto de 1977 y su pegante político sería de principio a fin Suárez. El primer problema necesitó de otro golpe de genialidad política. Ocurrió un sábado santo, el 9 de abril, se legalizaba el PCE. Suárez sabía del riesgo que esto acarreaba, una buena parte de los militares iban más que a molestarse con el hecho y dado que los mismos estaban acostumbrados desde hacía siglos a tener injerencia directa en la política y sus decisiones, la maniobra era en extremo delicada. Suárez organizó entonces, con ayuda de Mellado con toda seguridad, maniobras militares días antes; de esta manera se aseguró que las tropas estarían ocupadas y sobre todo, faltas de combustible, de forma que no tendrían como reaccionar violentamente si así lo quisieran. No lo intentaron, hubo quejas, palabras fuertes y dimisiones pero los militares aceptaron al PCE en la política. A cambio el PCE aceptó la bandera española y la legitimidad de una monarquía como sistema de gobierno. De un trazo Suárez anuló la razón misma de la Guerra Civil y completó el mapa político además de mostrar que en adelante no se le pediría permiso al ejército para actuar en política, brillante.

Suárez sería confirmado como jefe de gobierno, esta vez por las urnas, en las elecciones de 1977. El UCD se las llevaría con 34% de las voces y se quedaría a solo 11 escaños de la mayoría absoluta. El ambiente de consenso contagió a las nuevas cortes de donde surgió el proyecto de amnistía total. Con la ley de amnistía total se buscaba sacar de las cárceles a todos los prisioneros políticos que quedaban pero también se aceptaba renunciar a perseguir ex-funcionarios franquistas responsables de un sin número de arbitrariedades durante la guerra y las posterior dictadura. Lo interesante es que fueron los partidos antifranquistas los que más impulsaron esta ley (de hecho Alianza Popular que estaba conformada por ex-ministros franquistas se abstuvo de votarla), hicieron de tripas corazón, consideraron que el perdón era necesario para el desarrollo y firmaron el pacto del olvido. Aprovechando el envión de “hermandad”, por así decirlo, el gobierno Suárez se atacó al problema económico y se propuso un pacto social entre todos los representantes políticos importantes. Se buscaba solucionar la crisis económica y llevar a España al mismo nivel de sus vecinos europeos al tiempo que se garantizaba un clima de paz política. Todos los partidos adhirieron, incluida esta vez la AP, y se dio forma a los famosos pactos de la Moncloa.

Faltaba la frutilla del ponqué, llegaría en 1978 en forma de una nueva constitución. Dado que la Ley de Reforma Política había anulado las Leyes Fundamentales del Reino (especie de constitución solapada franquista), pronto se vio la necesidad de redactar un nuevo texto. Así las cosas las cortes pasaron a tener la facultad de constituyentes. Se creó una Comisión de Asuntos Constitucionales con representantes de cada partido importante (salvo el Partido Nacionalista Vasco) y se comenzó a trabajar bajo un estricto velo de confidencialidad, lo que permitiría a la larga que unos y otros cedieran en puntos complejos sin que sus respectivas bancadas pusieran el grito en el cielo cada dos líneas escritas. Se trabajó durante 18 meses y el 31 de octubre de 1978 el proyecto se votó en congreso y senado. Obtuvo un respaldo casi unánime y pasó a sanción del pueblo. El 6 de diciembre del mismo año, España votó su constitución y la aprobó en referéndum con el 88% de voces a favor. El marco democrático quedaba entonces armado.

La política depende de los ciclos renovadores, de la no eternización de los líderes, de los cambios de ideas, de los cambios simplemente. Para las elecciones de 1979 se pudo adivinar que uno de esos cambios venía. Aunque la UCD y Suárez volvieron a ganar con resultados idénticos a los de 1977, en las elecciones municipales celebradas un mes después de las generales, se evidenció una clara victoria del PSOE. Las grandes ciudades quedaron en manos del PSOE o del PCE (que habían firmado un acuerdo entre ellos), el mapa político empezaba a mutar. La derrota en las municipales, la crisis petrolera, el terrorismo ETA y la creciente desintegración interna de la UCD llevaron a un sensato Suárez a presentar su dimisión de la presidencia de Gobierno y de su partido el 29 de enero de 1981 por televisión nacional. Explicaría todo en una fantástica frase: “No quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la vida de España”.

Se acordó proponer a Leopoldo Calvo Sotelo, vicepresidente del gobierno, como candidato a ocupar la presidencia. El día de su eventual investidura, el 23 de febrero de 1981, el teniente coronel Antonio Tejero entró en el congreso con un grupo de soldados de la Guardia Civil. Después de ordenar silencio y obligar a los diputados a echarse al suelo, dijo que todo el mundo quedaba retenido mientras se esperaba la llegada de una autoridad militar competente (palabras más, palabras menos). Sus argumentos fueron reforzados con una serie de disparos al aire (o al techo) que convencieron a la mayoría de esconderse detrás de sus cubículos. El teniente coronel Mellado no debió escuchar los disparos pues estaba ocupado discutiendo con los soldados y peleándose con Tejero que quería hacerlo caer. Tampoco los escucharon Santiago Carrillo y Adolfo Suárez que se quedaron sentados en sus cubículos (lo de Carillo se alcanza ver en evidencia fílmica, lo de Suárez no me consta, igual no lo reconocí).

Muchos historiadores dicen que ese día el rey Juan Carlos se ganó el trono, yo tiendo a concordar por mucho que la idea de monarquía me desagrade. A la una de la mañana, vestido de militar (Franco lo había obligado a formarse en las tres ramas del ejercito), el rey puso la cara en la televisión nacional y dijo: “La Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la Patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actividades de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum”. A buen entendedor... El rey desaprobó el golpe, Tejero se rendía algunas horas más tarde y su cómplice, el capitán Jaime Milans del Bosch, retiraba los tanques que había esparcido por Valencia.

Semejante exabrupto militar, salido de algún libro decimonónico, puso un signo de exclamación en la palabra democracia. El pueblo se dio cuenta que aunque ese sistema tenía mucho desperfectos e inconvenientes, era de lejos preferible a un monigote con pistola gritando órdenes absurdas. Se llenaron las plazas y calles de gente presente allí por la democracia, por su defensa, nunca el “dêmos” había estado tan presente (bueno quizás si pero la exageración conviene aquí). Quién sabe si el papelito de Segovia había esbozado semejantes acontecimientos.

¿Y Suárez? Después de su dimisión creó el Centro Democrático y Social con el cual saldría elegido diputado por Madrid y seguiría siéndolo hasta 1991 cuando dimitió de la presidencia del CDS y abandonó la política en general. La vida tiene extrañas ironías, la Transición tuvo cosas muy buenas, otras no tanto. Hay una que aún no sé si es buena o mala: el pacto del olvido. Echarle cal a las heridas abiertas y olvidarse de ellas parece haber sido necesario en su momento, pero se ha eternizado como política y aun hoy se falta a la verdad y a la memoria. Quizás el universo hizo su propio pacto con Suárez, le permitió enterrar el recuerdo en nombre de la convivencia a cambio de perder los suyos, de sumirse en ese olvido. En 2005, Adolfo Suárez Illana, su hijo, reveló en una entrevista que su padre sufría de alzhéimer, que no recordaba haber sido presidente y que solo respondía al afecto.

Premio o castigo, vaya uno a saber, el principal protagonista de la Transición no recordaba su existencia. A lo mejor fue algo bueno, caer en la inopia para no ser testigo de lo que venía, dejó de estar presente cuando su trabajo había dado quizás los mejores frutos. Ser objeto solo del amor, del cariño. En 2007 el rey en persona fue a su casa para condecorarlo con el Toisón de Oro una de las dos máximas condecoraciones de España (la otra, el Collar de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III le fue otorgada a título póstumo). Aprovechó para charlar un rato con ese amigo con quien cambió el destino de un país. Hay una preciosa foto de ese momento tomada por el hijo de Suárez (que de hecho se ganó el premio Ortega y Gasset a la Mejor Información Gráfica). Un artículo (que no logre encontrar) alguna vez dijo que en ella se veía a dos importantes hombres “caminando hacia el fondo de la historia”, precioso. Yo agregaría que aunque no se puede ver, ahí va la democracia siguiéndolos, agradecida de tan espectacular defensa.

(Me pongo de pie) En marzo de este año el cuerpo del ex-presidente siguió a su mente y dejo de funcionar a causa de una neumonía, tenía Suárez 81 años (Me vuelvo a sentar). Le enterraron junto a su esposa en la Catedral de Avila, en su tumba se puede leer “la concordia fue posible”. Quién sabe cuánto se acuerdan los españoles de Suárez, quién sabe cuánto se acuerda el mundo. Deberíamos acordarnos mucho, su vida política nos puede servir de ejemplo en el presente, en el futuro. A mí se me ocurre un país que podría sacar algunas lecciones de todo su obrar, ¿y a ti?


Foto tomada de: http://www.rtve.es/noticias/20090422/foto-adolfo-suarez-paseando-rey-gana-premio-ortega-gasset/268690.shtml

Nota al lector: Debo confesar un pecado en este artículo. Este texto lo escribí en Abril de este año. Lo había perdido entre mis libros y lo encontré casualmente hace una semana. Un artículo histórico como este debería estar atiborrado de citas pero esas se perdieron para siempre en los papeles universitarios (he aquí el pecado). Podría dar citaciones de la Internet pero siento que así falseo las fuentes originales. Prometo que ahora que ya tengo diploma no volveré a cometer una imprudencia igual, espero puedan perdonar este error de estudiante inocente. Como única cita diré que el título del presente artículo es el nombre traducido de la película “Eternal sunshine of the spotless mind” del director Michel Gondry (2004).

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