Muchas curiosidades se encuentra uno explorando las noticias del Facebook y otras redes sociales, en el rutinario homicidio del aburrimiento. Perritos de una ternura insoportable, innovaciones de futuros inmediatos, chismes alimento del pérfido y las infaltables discusiones atenienses. Todas, curiosidades reflejo de sociedades, del sentir y el vivir de la gente. Meses atrás, una tendencia pareció secuestrar por un momento mis noticias, una tendencia que provocó en mí una intensa preocupación: videos, artículos de prensa, fotos y mensajes, mostraban, describían y promovían el linchamiento, ensalzando el papel de juez que masas enfurecidas se atribuyen frente a criminales de poca monta.
Gente del común compartía con gran alegría imágenes de golpizas propinadas a pobres diablos, mensajes de muerte contra las “ratas” y todo tipo de expresiones violentas apuntadas a un grupo incierto y desconocido de malhechores. Quizás porque todo en internet tiende a ser pasajero, después de un rato, tales publicaciones desaparecieron y volvimos a la rutina de lo interesante, lo divertido, lo importante y lo francamente inútil. Con gran ingenuidad pensé que la gente había encontrado maneras más constructivas de expresar su frustración y habían dejado atrás la embravecida celebración de la muerte. Pero hace un par de días me levanté y me encontré con esto:

En esencia, el mensaje es el mismo, uno de odio, con la particularidad de que este está dirigido a Uribe y sus partidarios. ¿Es un avance que el linchamiento se extienda a las élites Colombianas? Me inclino por una respuesta negativa y reniego de la validez del concepto “linchamiento”.
La frustración social y la desconfianza en las instituciones legalmente establecidas parecen despertar en nosotros el deseo de tomar acciones por nuestra propia mano. Sin embargo, institucionalizar, sea legal o culturalmente, acciones dementes nacidas y muertas en el descontrol, más que revolucionario es estúpido. Esto ignorando, dicho sea de paso, que tales prácticas no son nuevas. Las "Convivir" son un buen ejemplo de esto y todos sabemos dónde terminó esa historia. Los “entendidos” dirán que generar grupos armados organizados es bien diferente al castigo popular incitado por indignación pura. El punto inicial es distinto, pero, las consecuencias, ¿son realmente diferentes?
La vida transcurría como de costumbre en Ajalpan (México) la tarde de un día como cualquier otro. La noche comenzaba a anunciarse cuando la calle se llenó de voces que reclamaban conocer el paradero de dos maleantes que habían intentado, y fracasado, robar a una niña minutos antes. La comunidad reaccionó a la velocidad del rayo y rápidamente dieron con los criminales, dos extraños que nadie conocía y que llevaban un rato haciendo preguntas por el pueblo. Comenzó la golpiza, prontamente interrumpida por la policía quien llevó a los acusados a la comandancia. Una victoria para la comunidad que protege a los suyos, dos delincuentes detenidos y llevados a responder frente a la justicia, perfecto, ¿no?
Pues no. Un rumor corría: no eran ladrones, eran secuestradores de niñas. La justicia ordinaria ya no sería suficiente para equilibrar la balanza. La turba creció de manera exponencial, prendió fuego a los vehículos policiales y la emprendió contra la comandancia. Las puertas cedieron, los oficiales formaron un muro alrededor de los acusados, muro que se hizo agua frente a la feroz ofensiva de la masa descontrolada. A rastras, sacaron a la escoria a la calle. Una voz sugirió prenderles fuego, los ojos de los demás, ya encendidos de locura, asintieron. Los inconscientes vieron impávidos como los dos cuerpos magullados perdían la vida en una pira popular. Se incineraron las almas de los unos mientras se ennegrecían las de los otros.
El amanecer no encontró más que flores de colores asustados adornando el suelo de la plaza. Los ajusticiados secuestradores tenían ya identidad, eran dos hermanos estudiantes, empleados de una empresa encuestadora. Estaban de paso por el pueblo haciendo su trabajo. Esa noche, un pueblo entero se tornó homicida. Las manchas negras en el suelo, daban fe de que allí se había quemado a dos hombres inocentes, o mejor, a dos hombres. Se botaron los espejos de todas las casas para no cruzar de nuevo la mirada del asesino.
La muerte, es la irremediable consecuencia del deseo visceral de justicia. Lo que es más, la muerte es el objetivo inicial. Si de aplicar justicia se tratase, haríamos esfuerzos conscientes por mejorar las instituciones que la dictan y los aparatos que la ejercen. En cambio, la tendencia torna hacia el castigo inmediato, un castigo que no toma en cuenta argumentos de ningún tipo más que el de si se es culpable (¿a los ojos de quién?) o no. La policía viene a ser el cuerpo armado que impide ese castigo justo y ejemplar. Castigo justo y ejemplar puesto que no puede ser de otra manera, dado que es apoyado por los más, los más in situ, entiéndase.
Pero resulta que el castigo institucionalizado ya existe, se le conoce como privación de la libertad. Y, en teoría, no se aplica alegremente sino que sigue una serie de procesos para determinar qué castigo corresponde a qué crimen. De ahí el concepto de justicia, decidir lo que es justo para beneficio de todas las partes involucradas, si bien el objetivo es castigar a alguien. El concepto de linchamiento, ese, está desprovisto de cualquier grado de justicia. Se le puede aplicar, quizás, una visión religiosa de justicia: “ojo por ojo, diente por diente”, ¿les suena? Pero incluso desde esa perspectiva, el linchamiento es un exabrupto. ¿Cómo, matar un ladrón a golpes se asemeja, en lo más mínimo, a un equilibrio de ofensas? El ladrón pierde sus dientes, sus ojos, su vida. Parece que la deuda excede el préstamo.
Usando el mismo lente, se podría argumentar, de forma simplista, que el asesino merece ser asesinado. Sin embargo, resulta que nosotros como humanos, también hemos discutido y construido durante miles de años un contrato social. El mismo reconoce la complejidad de la mente humana y ofrece una estructura mínima que nos permite vivir juntos en un estado más o menos armonioso. Estamos tan convencidos de la complejidad de las relaciones humanas que hemos previsto órganos supremos de justicia para que los mismos emitan fallos en casos particulares, fallos que frecuentemente modifican la ley.
¿Es entonces la falta de robustez de las instituciones impartidoras de justicia, establecidas por el contrato social, la culpable (y legitimadora) de actos barbáricos como el linchamiento? Se puede argumentar que sí y, para ser sincero, no se pasaría lejos de la verdad. Sin embargo, a mi parecer, esa es solo la mitad de la respuesta. Porque el problema con el linchamiento, y con la pena de muerte, no solo está en el riesgo de caer en un fatal malentendido, como le pasó al pueblo de Ajalpan. Está en el hecho de que se ignora, se olvida y se obvia, la complejidad de la mente humana. Se entra en una estructura simplista de causa y efecto, donde a los malos se les castiga con maldad. No se discute cómo un “malo” llegó a serlo. ¿Qué era antes de ser malo? ¿Hubiéramos podido evitar el proceso que lo llevó a ser malo? ¿Puede dejar de serlo? ¿Puede volver a ser bueno? Y más importante aún: ¿Qué es ser malo? ¿Qué es ser bueno? ¿Se puede definir nuestra sociedad a partir de dos conceptos absolutos?
Lo que está en juego es la vida. Darle una lección a un muerto sirve de poco y nada puesto que difícilmente podrá utilizar ese aprendizaje a futuro. Matar a los acusados, culpables o no, es cuestión de ignorancia sentimental y pereza intelectual. Asumir que el crimen y la falta de moral han corrompido un corazón más allá del perdón y la vida, así sea tras las rejas, es renunciar al concepto mismo de humanidad. Rehusarse a buscar mejores maneras de castigar y reformar de forma constructiva y beneficiosa, y darle legitimidad a la muerte como forma de justicia, es aceptar deshonrosamente que nuestro intelecto colectivo es reducido y limitado. La justicia no es, entonces, el eje de la discusión. El eje de la discusión es la violencia que conlleva la muerte.
Sentado y callado, como un elemento más de la decoración, Unamuno escuchaba, e intentaba ignorar, la seguidilla de discursos rebosantes de odio que resonaban en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Era un 12 de Octubre, fecha en la que Colón pisó tierras Americanas por primera vez, para desdicha de millones de indígenas. La élite del movimiento franquista estaba reunida para celebrar el Día de la Raza, concebido para exaltar la grandeza de la hispanidad. Uno tras otro, los catedráticos pseudo-intelectuales franquistas, se despachaban en alabanzas hacia los ideales falangistas y en vituperios hacia cualquier ideal remotamente contrario o disidente.
Unamuno estaba entre los presentes, no porque le pareciera divertido o instructivo. En realidad, estaba allí porque no tenía opción. Los franquistas lo habían restituido como rector de la Universidad de Salamanca. Él mismo había expresado su apoyo a la causa de los sublevados, pero la miel se le había transformado en hiel en la boca. Estaba ya convencido de que la guerra civil no traería más que muerte, quedaba decidir si habría que incluir la suya propia. Cuando en el salón resonó el concepto que calificaba a Cataluña y al País Vasco de cánceres de España, el honor de intelectual hizo sucumbir al instinto de supervivencia. Unamuno se levantó y dijo:
“[...] sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir lo mismo. El señor obispo lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, y aquí está para enseñar la doctrina cristiana que no queréis conocer. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao y llevo toda mi vida enseñando la lengua española...”1
El público enfurecido, picado por el atrevimiento que significaba tal discurso, encontró representante en el general Millay-Astray, legionario de mil batallas, manco y tuerto, víctima (o héroe, depende del cristal con que se mire) de la actividad bélica. El general, en un acceso de cólera que apenas le permitía hablar, replicó el discurso sobre Cataluña y el País Vasco, agregándole un punto de exclamación con el lema de la legión española: ¡Viva la muerte! Unamuno responde:
“Acabo de oír el necrófilo e insensato grito "¡Viva la muerte!". Esto me suena lo mismo que "¡Muera la vida!". Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Como ha sido proclamada en homenaje al último orador, entiendo que va dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como he dicho, que no tenga esta superioridad de espíritu es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor. El general Millán Astray desea crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso quisiera una España mutilada (...)”2
Y agrega:
“(...) Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.”3
Unamuno no murió ese día gracias a la mano que Carmen Polo, esposa de Franco, tendió para tomar su brazo y llevarlo a su casa. Casa, donde dos meses más tarde la muerte lo encontraría. Era un hombre mayor, pero lo que lo mató fue la tristeza y la decepción. En menos de 15 años había pasado de la dictadura que lo exilió, a la república que lo desencantó, al golpe de estado fascista que vio como salvador y que terminó siendo verdugo. De la esperanza, al caos, a la muerte.
Y tenía razón. Millán-Astray y los suyos soñaban con hacer de la muerte el dogma en España. Con reglamentar sus dolores para que todos sus paisanos los sufrieran. Para castigar al que se saliera de línea. Para buscar excusas que les permitiera expresar sus frustraciones de la peor manera imaginable. Para limpiar de delincuentes y traidores la patria. Para hacer “justicia”. Para asegurarse que lo aterrador de sus ejemplares castigos sirviera como garantía de no repetición, todo el mundo iba a ser muy bueno en adelante.
Se moriría otra vez Unamuno de ver que andamos todavía igual en nuestras sociedades. De ver que los tiempos de transición provocan en nosotros frustraciones y violencia. Que cuando perdemos un enemigo general comenzamos a buscar uno específico. Que nuestra incapacidad para comprender el perdón nos lleve a practicar el castigo. Que el homicidio es loable, la locura, rutinaria y el dolor, cultural. “¡Que viva la muerte!”, “¡Que muera la vida!”4, en eso andamos. Si usted me dice que la muerte es la cura de la inseguridad y la mejor amiga del orden, yo, o tengo que cubrirlo en oprobios o tengo que callar y retirarme a mi rincón oscuro, puesto que, a lo mejor, el equivocado soy yo, a lo mejor, debería reconocer de una buena vez, mi infinita inferioridad moral. Sea como sea, prefiero yo vivir con la incertidumbre de saber si ese ladrón que se llevó la policía volverá a sus andanzas, que encontrarme en un futuro contando a mi prole sobre la vez que le saqué el alma a patadas a uno de esos seres a los que la sociedad les falló, mientras se me llena la boca de vómito. ¡Que viva la vida!
Nota del autor:
Tres observaciones rápidas:
Primera: Mientras escribía este artículo, El Espectador, periódico Colombiano, publicó un pequeño pero interesante reportaje a respecto del linchamiento. Vale la pena echarle un vistazo; aquí el enlace:
Segunda: Cabe anotar que el horrible mensaje de odio citado en este texto no solo es incorrecto en contenido sino también en forma. Lo correcto sería “Estoy de acuerdo con el linchamiento de ladrones”. Dice la leyenda que Millán-Astray, en medio de su rabia también gritó: “Que muera la inteligencia”.
1. http://www.paxaugusta.es/2013/05/unamuno-versus-millan-astray-el-celebre.html
2. Bis
3. Bis
4. Bis
5. https://es.wikipedia.org/wiki/Convivir_(Cooperativas_de_vigilancia)
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5. https://es.wikipedia.org/wiki/Convivir_(Cooperativas_de_vigilancia)
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