Pretender, imaginarse y soñar, al final esa es la esencia del fútbol. No hace falta jugarlo bien, correr con poca gracia y patear chueco no son impedimentos para celebrar un gol o una victoria con la misma emoción con la que se expresa la obtención de un trabajo soñado. Un pastizal lleno de huecos se antoja igual que la grama del Camp Nou, sobre cualquier terreno los hijos de nadie pueden soñar con ser los gladiadores modernos. Algunos llegaran a serlo y entonces las masas más heterogéneas vendrán a verlos para reflejar en ellos sus anhelos de gloria, esos sueños que tan largo tiempo toman en materializarse en la vida y que tan poco tiempo tardan en alcanzarse con la pelota en los pies. El teatro de los sueños, el país de las maravillas, el fútbol es la actividad real que pertenece al mundo de las fantasías.
Y de qué vivimos si no es de los sueños, de lo que podría ser, de lo que será con arduo trabajo, de lo que llegará con una pizca de suerte, del golpe de suerte invocado por la fe irracional. Solo la muerte parece darle punto final a la posibilidad de lo poco probable, la muerte que suele venir tan inesperadamente como algunos instantes de máxima gloria. Pocas muertes nos producen más desasosiego que las causadas por accidentes aéreos, por esos choques de los que sabemos casi nadie escapa, por esas circunstancias que casi siempre se traducen en fallecimiento y tragedia. Podemos arrojar un huevo de un tercer piso y lograr que el mismo impacte el suelo y mantenga su cascara intacta, sin embargo esto requiere de un medio líquido salado, de unas circunstancias perfectas que garanticen su supervivencia. Circunstancias similares pocas veces se presentan cuando una máquina voladora enorme impacta el suelo. Sabemos además que las victimas conocen su suerte, tienen tiempo de mirar la parca a los ojos y resignarse a su destino, horrible conciencia del final de la existencia.
Hoy nos cortaron los sueños épicos, los de gloria improbable, con uno de estos grises siniestros. El Chapecoense, un equipo fundado hace apenas 43 años que llevaba menos de 3 en primera división y que como el Leicester inglés jugaba dispuesto a hacer historia al estilo cenicienta, pereció, probablemente en su totalidad, al estrellarse el avión que lo transportaba hacia Medellín donde jugaría la final de la Copa Sudamericana. Todo se juntó, el vuelo chárter que debían tomar en un principio al parecer no fue autorizado por las autoridades aeronáuticas brasileñas y el equipo debió abordar un vuelo comercial vía Bolivia. A menos de 30 kilómetros de su destino final, Medellín, el aparato se desplomó y con el cayeron todos los gladiadores acompañados por la prensa que venía a cubrir su posible proeza y quien sabe cuántas más almas desafortunadas.
No es que cualquier otra catástrofe aérea tenga menos importancia por la falta de futbolistas o deportistas en la lista de fallecidos, en cada avión que se accidenta mueren futuros abogados o artistas, profesionales del presente y padres del mañana, cada tragedia implica su pérdida irreparable. Sin embargo, los sueños inmediatos y alcanzables que estos jugadores traían consigo y que ahora se desvanecen en algún paraje antioqueño parecen darnos un puñetazo de particular dolor al estómago. Si los recipientes del soñar mueren de forma repentina y espantosa, ¿qué nos espera al resto?
Como si fuera poco, tamaña tragedia ocurre en tierras colombianas. Ya alguno andará pensando que primero fue Gardel en 1935 y ahora los muchachos del Chapecoense. Parece que en la tierra donde los García Márquez mezclan lo factual con lo improbable para generar historias de inmensa riqueza, también vienen a morir la fantasía y el arte. El estigma de la muerte nos sigue sin tregua, también podría acordarse uno del desdichado jugador camerunés que murió en pleno partido contra nuestra selección. Pero en el fútbol como en la vida, la derrota y el pitazo final no marcan el término absoluto de las oportunidades, de la posibilidad de brillar, de la capacidad de superarse.
En 1958 el Manchester United volvía desde la antigua Yugoslavia tras derrotar en cuartos de final de la Copa de Europa al Estrella Roja de Belgrado. Su avión debía parar en Munich para recargar combustible. Las malas condiciones climáticas enviaron el avión fuera de la pista al momento de despegar, murieron 26 personas entre ellos 7 futbolistas. El United renacería para establecer la leyenda de uno de los mejores clubes de la historia muy de la mano de Bobby Charlton, un sobreviviente de aquella catástrofe. Sobre el dolor se estableció el futuro.
Habrá que poner la esférica en la mitad de la cancha, guardar un minuto de silencio y volver a jugar. Patear con rabia, correr con pasión, volar con esperanza y vivir con alegría. Maldito el sino que nos roba vidas y nos apalea el espíritu, que nos estigmatiza la tierra y nos atribuye famas oscuras. Bendita la fortuna que mueve las piernas de los sin nombre, que patea la redonda sobre la tierra de los potreros y que construye leyendas sobre los suelos de la desesperación y el hambre. En la tierra del realismo mágico volveremos a jugar porque tener los brazos caídos es una posición que nos resulta incómoda. En la tierra de la samba volverán a bailar con la de cuero porque rezar no funciona si no se suda. Nos bañaremos los dolores y las maldiciones con la emoción del juego y los próximos gritos serán por el Chapecoense, sus sueños, los nuestros, los de todo el mundo y en general porque antes de se nos caiga el avión, ¡la vamos a romper toda!
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